domingo, 16 de octubre de 2016

Lo cierto es que no tengo nada que contar. Nada nuevo por lo menos.
Este fin de semana me he quedado en Melilla. Esperaba que la residencia estuviera vacía, pero nada más lejos de la realidad, esto parece la M30 en pleno agosto. Y no lo entiendo la verdad. Que me quede yo, que llegué el miércoles de vacaciones, pues aún, pero no es el caso de la mayoría de residentes. Ellos terminaron sus vacaciones hace semanas. Y eso me hace pensar en el tipo de fauna que me rodea. Los comparo conmigo, y no veo razones para vivir aquí. Las habitaciones son compartidas, no hay agua caliente, los baños se atascan con frecuencia y es vomitivo lavarte los dientes por la mañana, no hay cocina y tostar una rebanada de pan se convierte en una odisea (ya no hablemos de freírte un huevo). Quiero decir, sé que lo mío es temporal, dos años y pico más y fuera, a otro sitio. Y que mayormente ahora es por motivos económicos, si no ya estaría mirando piso para compartir. Pero aquí hay viviendo Subtenientes. Si yo cobro 2.300 euros (2.600 con la ayuda a la movilidad del MDE) ¿cuánto puede estar cobrando un Subteniente que acabe de llegar destinado? ¿3200? ¿De verdad necesitas aguantar los pedos de nadie cobrando esa cantidad?
Entonces me pongo a pensar en los problemas personales de cada uno, y divago por sus caras, inventándome sus vidas. Divorciados con hijos, cuyas pensiones no les dejan permitirse otra cosa. Viudos que no saben vivir solos. Personas de paso, que echaron raíces sin querer.
Voy camino de los 35 y noto que sigo en el punto de partida. Exactamente igual que hace 15 años, con menos pelo, más responsabilidades, y llegando igual de mal a final de mes. Mi vida parece cíclica, como si no avanzase. Como si estuviese esperando a que alguien le de al botón de "restaurar" y vuelva a empezar de nuevo. Tengo miedo de convertirme en parte de esta fauna.